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La higenización del agua

La importancia del agua como agente transmisor de enfermedades, ha quedado demostrada en muchas ocasiones. Un ejemplo fue la presencia de cólera en toda Europa durante siglos, vehiculado principalmente por este elemento. Hoy en día este problema no existe en los países industrializados, gracias al tratamiento que recibe el agua de consumo público. No obstante, persisten otros riesgos.

La única manera de garantizar la seguridad del agua, es decir, que sea potable, es su tratamiento químico. Esto sólo se practica a las aguas de consumo urbano. Las envasadas no lo necesitan, al obtenerse directamente en los manantiales, en unas adecuadas condiciones higiénicas.

El agua que discurre por los cauces naturales, desgraciadamente no suele cumplir unos mínimos higiénicos, que permitan su consumo sin riesgo sanitario. En los nacimientos de los ríos el agua es segura, pero a medida que va descendiendo por su cauce, van sufriendo contaminaciones. Como contactar con cadáveres de animales, y con materias fecales originarias de explotaciones agrícolas o ganaderas, o de la actividad humana.

Como podemos ver, en la sociedad moderna la contaminación del agua no sólo es posible, sino cierta, lo que indica que su consumo sin tratar es un riesgo de primer orden. Diferentes han sido los tratamientos propuestos para salvar este problema. Entre los más empleados, se encuentran el uso de cloro y de ozono. El primero se usa en la mayoría de los países, al ser altamente eficaz y no ser caro, asegurando una adecuada desinfección del agua de consumo. Hay que destacar que la cloración es capaz de eliminar grandes cantidades de bacterias, virus, hongos, e incluso parásitos.

En Europa, todos los países mediterráneos y el Reino Unido emplean la cloración, mientras que los países nórdicos no lo hacen, debido a que no aceptan de buen grado el aroma y sabor que confiere el cloro. Por ello utilizan el ozono, aunque este tratamiento no es tan eficaz.

Consecuentemente, la cloración del agua es una medida de seguridad básica de las aguas de abastecimiento, por lo que su eliminación a día de hoy, tendría muchos más inconvenientes que ventajas.

Por todo lo señalado y al margen de gustos personales, el agua a consumir puede ser la del grifo para cualquier uso, siempre que este tratada, circunstancia que debe darse en todos los núcleos urbanos. Si no es así, y fundamentalmente cuando el agua procede de pozo, podrá emplearse para higiene personal y del hogar, así como para la preparación de alimentos que se cocinen por calor. En caso contrario o para agua de bebida, la mejor elección sería el agua embotellada.


 

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